Hoy, domingo 16 de noviembre, tocaba de nuevo Guara. Miguel
nos propuso subir al Pico del Águila, una ascensión sencilla a unos 1600
partiendo desde el pantano de Arguís. Así que con el frescor típico de estas
fechas nos montamos en la furgo de Raúl a eso de las 6 para rodear los 3000 km
que ya los tenemos acorralados. Tardamos más bien poco en alcanzar Arguís y
como no había amanecido buscamos resguardo en el Hostal Migalón y encontrar el
corajillo necesario para la subida. Unos más reglamentarios que otros dimos
cuenta de un reparador tónico que nos alegra la mañana.
Base del pantano, botas y para arriba. Enseguida se
distingue la senda, con la tablilla correspondiente que marca la ascensión al
pico. La subida es espectacular entre un hermoso pinar, algo embarrado por la
lluvia del día anterior. Eso sí, nada de sol y si acaso alguna nube amenazante
que solo se quedó en eso durante toda la mañana. Con Raúl de guía y llevándonos
con el gancho fuimos ascendiendo los algo más de cuatro kilómetros que separan
el pantano de la cota 1600. Bonitas vistas del pantano y toda la zona de las
estribaciones de Guara, con barrancos de vértigo y algunos pedregales difíciles
de atajar, aunque por lo visto más de uno lo ha intentado. Una buena sudada, y
alguna lección de setas que va dejando Raúl.
En la cumbre tenemos las antenas del Pico del Águila, que al
parecer debe su nombre a la forma del pico, o puede ser que a la vista lejana
de Guara, la Hoya, el Moncayo o los Pirineos que se puede tener desde lo alto.
Eso sí, si el tiempo lo permite. No era el caso, si bien podemos ver el Tozal,
el Salto del Roldán, distinguir el Moncayo e intuir Pirineos al fondo. Hacía
frío arriba, así que enseguida nos damos la vuelta y ascendemos a otro pico
gemelo también antenado que hay cerca. Ya para entonces empezamos a ver a
seteros y ciclistas que abundan en esta zona a partes iguales, al menos en esta
época. Hoyados los montes, damos cuenta del almuerzo, algo menos contundente
que de costumbre. Que ni el frío, ni la hora daban todavía para mucho más. Eso
sí, la bota casi cae. Faltó Luis I.
Ya lo demás es todo bajada. Por sitio diferente y algo
complicada por lo pronunciada y porque el barro, las raíces sueltas o las
piedras mojadas no juegan a nuestro favor, como pudo comprobar Miguel. En esto
Raúl y su rodilla están menos suelto que para subir. Pronto llegamos a la
ermita de la Virgen de Ordás, un bonito paraje con un excelente merendero al
que prometemos regresar con alguno kilo de chuletas para echar algo más que la
mañana. Puestos, nos acercamos a ver el castillo de Ordás, que en realidad es
una pared, pero en un bonito cortado que nos permite ver a unos cuantos buitres
leonados a nuestros pies. Cumplido el cupo de visitas del día, volvemos al
camino y seguimos descendiendo hasta alcanzar la carretera que seguimos, en
paralelo, hasta llegar de nuevo al pantano. Bonita mañana que rematamos en un
merendero con chimenea y brasas, y botellas del siglo XIX. Si alguno no ha
probado gin-tonic de Green Fish que se acerque. De una sentada no se acaba.
Tampoco el porrón de la barra.
Repuestas sales, vuelta a Zaragoza. Y ya no queda nada para
las tres estrellas.
Que nadie ponga en duda que el cenefo es animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pues sí, una vez olvidada la Calcenada de 60 km del pasado verano, el reto era participar en la IX Jorgeada. Esta andada la organiza todos los años Os Andarines de Aragón para celebrar el día de San Jorge, patrón de nuestra bendita tierra.
Y allá fuimos Fernando y este que narra en cuerpo y algún otro cenefo que me consta nos acompañó en alma. La hora de salida era las diez de la noche en la plaza del Pilar, y nosotros quedamos una horita antes. Un amigo de fernando nos iba a acompañar, pero en el último momento decidió sensatamente salir desde Almudevar al día siguiente.
La organización , junto a la fuente de Goya, preparó un escenario donde se repartieron las copas a los ganadores del año 2009 de la liga y copa de las Andadas Populares, que paradojas de la vida, aunque no tienen carácter competitivo si que tienen clasificación y ganadores. También entregaron una cerámica a los valientes que cumpían su quinta participación en la Jorgeada. Moscatelito y pastas para ir quitando el miedo al cuerpo, y para atraer la llamada de los sin-techo que rondan la plaza del Pilar, todo ello amenizado por la Banda de Gaitas de Boto Aragonesas. Entrega de dorsales 212 para Fernando y el 109 para mi. La lluvia nos amenazaba con amargarnos la noche, pero al final se quedó simplemente en constante amenaza.
Para logística Fernando ingenió colocar los frontales en la cinta de la mochila (¡gran idea cenefa!) y me persuadió de llevar los palos en la andada, y yo haciéndole caso los dejé en la mochila que la organización transportaba en la furgoneta. Nos hicimos unas fotos, con Manolo uno de los clásicos e ilustres premiados, con el presidente de la FAM y con el atleta montisonense Eliseo Martín, electo Jorgeador del año, y que a las diez en punto cortó la cinta de salida.
Y allá salimos, en el grupo de cabeza a una velocidad de vértigo, para cruzando el puente de Piedra, atravesar el Arrabal ir dejando Zaragoza en busca de llenar de 75 kilometros nuestras botas.
Antes de llegar al Camino de los Molinos, ya perdimos de vista al grupo delantero (que según nos contarían más tarde llegaron a Huesca a las 10 de la mañana), y eso que nosotros caminábamos rondando los 7 kilometros por hora.
Pasamos San Gregorio, y nos dirigimos por un tramo de camino y después por otro asfaltado en dirección a San Juan de Mozarrifar. Eran las 23:10, habíamos volado para hacer los primeros 7.5 kilómetros, y un plato de macarrones en el avituallamiento cayó en cuatro ganchadas. Fernando no quería parar mucho tiempo en los avituallamientos para no quedarnos fríos. Así que con los macarrones en la garganta, tomamos dirección a Villanueva de Gállego, donde llegamos a las 0:22 horas. Llévabamos 14 kilómetros cargados de buenas sensaciones y decidimos detenernos poco y tomar solo agua en el avituallamiento ya que esta vez nos esperaba un chocolate caliente, que no tomamos por por precaución cenefa y por miedo a una inorportuna descomposición.
El siguiente tramo nos llevaría a Zuera (el pueblo al que hay que ir siempre de visita), la vieja cañada Real de Huesca que transcurre paralela a la N-330, era el recorrido que la organización había marcado. Como incomprensiblemente más de la mitad de los andarines no llevaban ninguna linterna, muchos optaron por realizar este tramo por el anden de la carretera. Fernando y yo fuimos fieles al recorrido oficial, y por él fuimos hasta Zuera.
A las 2:15, entrábamos en el pabellón de Zuera (km 26,5), donde nos aguardaba un avituallamiento y las mochilas, y donde pudimos ver los primeros abandonos por lesiones musculares y problemas plantares. Descansamos un cuartito de hora y pasando por alto el cuidado de nuestros pies, salimos para realizar el segundo tercio de la andada.
Esta vez tocaba carretera, y por el anden de la N-330 salimos pletóricos en busca de Almúdevar. La noche estaba muy oscura, las nubes que tapaban la luna en su cuarto creciente, apenas nos permitían distinguir nada del paisaje. Muchos compañeros se unína brevemente a nosotros, pero escasos de conversación. Parecía como si todos quisieran guardar hasta la última gota de energía. Fernando y yo chino-chano íbamos hablando para hacer más ameno el camino. En este tramo hasta Almúdevar no íbamos a pasar por ninguna localidad y el camino se hacía por una pista de tierra, que transcurre junto a la vía férrea y a la A-23.
En el kilómetro 41, había situado un avituallamiento justo en el límite que separa las provincias de Zaragoza y Huesca, y allí llegamos a las 5:20. manteniendo una media total de 6 km/h. Vasito de aquarius, una trampa (gelatina energetica), una mirada al autobús escoba que recogía a los retirados y enseguida emprendimos de nuevo la marcha.
Saltaron las primeras alarmas en forma de rozaduras en mi pie, que cada vez se hicieron más molestas y justo cuando llegamos a San Jorge, kilometro 48 y eran las 7:50, supe que hasta que finalizara no me iban a abandonar. En San Jorge, nos dieron una tarjeta de control, en ella indicaban que llevábamos 61 andarines por delante nuestro, y que nos quedaban 8 kilometros para llegar a Almudevar.
Ahora si amanecido, pudimos contemplar los verdes cultivos de frutales y campos de alfalfa miesntra caminábamos por la Cabañera Real de Lupiñén, que nos llevaría directos al pueblo de las afamadas trenzas. Las rozaduras se tornaron en ampollas, y las molestias iniciales se convirtieron en dolor. Aún así llegamos al campo de fútbol de Almudevar a las 8:30 de la mañana. A pesar de los contratiempos llevamos una media superior a los 5,5 km/h.
En Almudevar nos aguardaba un exquisito bocadillo de panceta a la brasa (de lo mejor de la andada!). Hicimos un merecido descanso, curamos los pies y como humanos dudamos si continuar.
Emprendimos la marcha a las 9:10, y el parón hizo mella en las piernas que tardaron varios kilometros en despertar. Esta vez emprendimos dirección Huesca por la Cabañera Real del mismo nombre. Nos quedaban 20 kilometros para alcanzar el objetivo, y la duda de si llegaríamos.
Cada vez dábamos mas pasos sin mediar palabra, y fuimos acumulando kilometros como pequeños triunfos en la batalla que ahora librábamos contra nuestra maltrecha resistencia física. Apareció Huesca al fondo tras recorrer varios kilometros por la senda en que se había convertido la Cabañera, y que su belleza constrastaba con el dolor que causaban los cantos de las piedras en mis doloridos pies.
Quedaban unos pocos kilómetros y mucho silencio, pero sobretodo muchas ganas de llegar.
Y llegamos, vaya si llegamos, a la 1:13 llegamos a la ermita de San Jorge, donde debido a la festividad miles de oscenses disfrutaban del sol y de comidas campestres.
Dos cañas de trago, recogida de recuerdos (camiseta conmemorativa, revista, folletos y porta-móvil) una duchita y a comer.
El menú: ensalada, paella y "dalqui"
Después al autobús a Zaragoza, donde como os imaginais el único que iba despierto era el conductor.
Gracias a Rosa y a Ana por vuestra comprensión cenefa, a Fernando por compartir este reto y al resto de los cenefos por acompañarnos en alma.
Comenzábamos hoy, 17 de enero, la temporada de 2010 y se eligió una incursión en el pasado... visitar las huellas (más bien cicatrices) que dejó el frente de nuestra guerra civil en la sierra de Alcubierre. La ruta comenzaba en Alcubierre. Para allá partimos a las 7.30 Carlos, Juancho y Luis. El resto, por motivos varios, causó baja.
El día no presagiaba nada bueno, estaba nublado y una fina llovizna nos acompañó todo el camino. Sin embargo, ya cerca de Alcubierre cesó la lluvia, ya de forma definitiva para toda la mañana. Salimos desde el pueblo a las 8.25 y tomando la carretera a Leciñena, tomamos un camino a la derecha que nos lleva al Puy Ladrón o la posición San Simón en la zona de las tres Huegas donde se desarrolló uno de tantos episodios (o masacres) de la guerra civil. En este caso con un espectador de lujo: George Orwell, alistado en las filas republicanas.
El inicio del camino es un poco duro por el barro. A eso se suma la pájara que llevaba Luis de serie. Carlos y Juancho ponen un ritmo no muy fuerte por la afilada de Grañen, pero suficiente para el primer descuelgue. Al final hay que echar mano de la glucosa (¡a la media hora de salir!, pero mano de santo). Sobre las 9.00 llegamos al Corral del Cajal, edificación de piedra abandonada en medio de la nada. El paisaje monegrino integral. Poco a poco vamos ascendiendo hacia el Puy Ladrón. La temperatura va subiendo pero la niebla no nos termina de abandonar y aunque adivinamos un bello horizonte en la zona oscense, apenas podemos distinguir Guara nevado al fondo. Entramos en una zona de pinos no excesivamente frondosa pero bonita, con pinos con muérdago, parásito que no es fácil de ver en otras zonas. Sobre las 10 llegamos al Puy Ladrón y el monumento a los muertos por el lado nacional en la defensa de esta posición (según el Heraldo se dejaron matar heroicamente... fue así de crudo). Honramos a todos, de uno u otro bando, respirando un poquito del aire fresco que afortunadamente corre por allí. Qué no nos falte. El almuerzo con frío y vino se alarga hasta las 10.40, hora a la que salimos para buscar la loma Orwell (http://www.redaragon.com/turismo/orwell/). En la bajada hacia la carretera, tiramos primero a la derecha para ver la zona de trincheras y zonas defensivas de la posición San Simón (Puy Ladrón). Hay que verlo e imaginarte por allí zumbando bombas. Y 15 meses que estuvieron. Durante media hora, visitamos las trincheras, abrigos, cuevas, zonas de literas, aljibe etc. que por allí abundan. Hay carteles informativos que por ahora están muy bien cuidados (si alguien quiera más información: http://www.losmonegros.com/guerracivil/).
A las 11.20 abandonamos esta zona y tiramos para la actual carretera, que cruzamos para coger la antigua y cuyo tránsito se controlaba desde el monte Irazo o loma Orwell. Allá nos dirigimos para llegar sobre las 11.45. Esta zona está muy bien cuidado, y la fortificación defensiva estupéndamente reconstruida. Gran lección de historia.
A las 12.00 tiramos para Alcubierre, improvisando un poco. Tiramos de senda (previo tracking) para finalmente monte a través coger un camino que nos ha de llevar a Alcubierre donde llegamos a las 13.10 aproximadamente.
Como había que estar pronto en Zaragoza, un refrigerio rápido en el bar de la plaza de Alcubierre (también una lección de Historia) y volvemos.
Así acabamos la primera salida de 2010, en la que hemos combinado deporte y un poquito de cultura histórica. Un hermoso paseo, muy recomendable.
Hasta la próxima cenefos. www.cenefos.es